No me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido; Ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por caso de ofenderte; Tú me mueves Señor. Muéveme al verte en una cruz encarnecido.
Muéveme ver tu rostro tan herido.
Muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme al fin tu amor de tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara.
No me tienes que dar porque te quiera, porque aunque lo que espero, no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.
Para crecer en el amor
Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que tenga necesidad de alimento.
Cuando tenga sed, mándame alguien que tenga necesidad de bebida.
Cuando tenga frío, mándame a alguien para que lo caliente.
Cuando tenga un disgusto, ofréceme alguien para que lo consuele.
Cuando mi cruz se vuelva pesada, hazme compartir la cruz de otro.
Cuando me sienta pobre, condúceme hasta alguien que esté necesitado.
Cuando tenga tiempo, dame a alguien a quien pueda ayudar unos momentos.
Cuando me sienta humillado, haz que tenga alguien a quien alabar.
Cuando esté desanimado, mándame alguien a quien dar ánimos.
Cuando sienta necesidad de la comprensión de otros, mándame alguien que necesite de la mía.
Cuando necesite que se ocupen de mi, mándame alguien de quien tenga que ocuparme.
Cuando piense sólo en mi mismo, atrae mi atención sobre otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos que, en todo el mundo viven y mueren pobres y hambrientos.
Amén.
Unión mística
Santa Teresa y San Juan de la Cruz no sólo fundaron conventos, sino que diseñaron un nuevo sistema místico, porque si "Santa Teresa enseña el cómo de la más alta vida mística, San Juan de la Cruz el qué y el porqué de ella; nadie ha llegado tan lejos como Santa Teresa en la descripción del fenómeno místico, y nadie ha penetrado tanto como San Juan de la Cruz en su esclarecimiento"22.
En este estadio místico inefable, Dios se enseñorea totalmente del alma, o, si se quiere, el alma ama a Dios plenamente convertida en Él. Se reduce a un estado de pasividad en que se pueden discernir tres fases: unión simple, desposorio o unión plena y matrimonio o unión transformante. En la primera, breve en duración, pues "nunca llega a media hora" (Moradas, V, 12; Vida, 18), Dios esta unido a "la esencia del alma" (Moradas, V, 1). Es por lo tanto, la unión de las tres potencias más el sentido interior imaginación, previa y temporalmente aniquilados o suspendidos (Vida, 18). Es "el no entender entendiendo", pues convierte al alma en "boba del todo para imprimir mejor en ella la verdadera sabiduría" (Moradas, V, 1); supone la purificación del alma de todas las operaciones corporales, aprehensiones, afectos y pasiones, de modo que es como una "muerte sabrosa" al mundo. Retomando la imagen por excelencia del castillo, diremos que en este estadio el alma se dirige al castillo para encontrarse con el futuro esposo, una vez el alma está profundamente enamorada y dispuesta a soportar las pruebas prematrimoniales.
La unión plena implica que Dios desciende y toma al alma "a manera que las nubes cogen los vapores de la tierra... y levántala toda de ella y llévala consigo, y comiénzala a mostrar cosas del reino que le tiene preparado" (Vida, 20). En este punto, las potencias y sentidos interiores están totalmente embebecidos en y por Dios; muertos simbólicamente para sí (Vida, 20; Moradas, VI, 2); vivos en y para Dios. El desposorio es el equivalente de la unión extática, que implica ascenso del alma y descenso de Dios. Es una salida de sí, rapto o "arrobamiento" del alma que se alcanza cuando, movido Dios "a piedad de haberla visto padecer tanto tiempo por su deseo..., abrasada toda ella como un ave Fénix..., la junta consigo, sin entender aún aquí naide, sino ellos dos" (Moradas, VI, 2). El alma no entiende, pero está viva y "despierta" a todo lo divino.
El matrimonio espiritual, en fin, es unión permanente del alma con la Trinidad, que tiene lugar "en lo muy muy interior del alma". Pero apenas trae imágenes para que el lector pueda aprehender, siquiera remotamente, la experiencia. Únase a ello, la dificultad de combinarlo con el misterio de la Trinidad, porque, precisamente en el matrimonio espiritual al alma23. Se permite Santa Teresa utilizar la imagen de las llamas de dos velas, el alma y Dios, unidas: "el pábilo y la luz y la cera es todo uno"(Moradas, VII, 2). Obviamente, unión desigual, pues la criatura se ha unido a su Creador, por lo que el alma se entrega al servicio de Dios. El efecto teológico inmediato es que la vida activa y la contemplativa van de la mano:
Marta [la vida activa] y María [la vida contemplativa] han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje, no le dando de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a los pies, si su hermana no le ayudara? (Moradas, VII, 4).
Porque si el alma, en su más profundo centro, mantiene su imperturbabilidad o "sosiego" de la contemplación, "bebiendo del vino de esta bodega adonde la ha traído su Esposo y no la deja salir" (Moradas, VII, 4), no por ello se ha de descuidar la acción. Pero en ningún caso, nunca se ha de actuar por "puntos de honra", determinante, por desgracia, de la conducta de muchos religiosos:
¡Válame Dios, qué desatino tan grande, que ponen los religiosos su honra en unas cositas que yo me espanto. Esto no lo sabéis, hermanas, mas quiérooslo decir porque os guardéis dello. Sabé que en las religiones tienen sus leyes también de honra: van subiendo en dinidades como los del mundo. Los letrados deben de ir por sus letras (que esto no lo sé) y el que ha llegado a leer Teulogía no ha de bajar a leer Filosofía, que es un punto de honra que ha de subir y no bajar. Y aun en su seso, si se lo mandase la obediencia, lo ternía por agravio, y habría muchos que tornasen por él: es afrenta, y luego el demonio descubre razones que aun en ley de Dios parece que tiene razón. (Camino de perfección, LXIV).
¡Qué lejos la santa abulense de estos "puntos de honra", máxime cuando fue objeto de controversias, desprecios, calumnias, injurias y difamaciones, incluso por miembros de su propia regla.
Reliquias, traslados y fama póstuma
Fue tanta la admiración que despertó la figura de la santa abulense en sus días, que Felipe II se preocupó de poner a buen recaudo sus manuscritos, depositándolos en la biblioteca de El Escorial. Por su parte, la ex-emperatriz María de Austria, hermana del rey, lee la Vida e inmediatamente quiere verla impresa; el inquisidor general Quiroga no se opone y la más alta autoridad de España, el Consejo Real, le encarga a fray Luis de León que se encargue de la edición del libro, junto con el Camino de perfección y las Moradas del alma. También por encargo de la emperatriz, el Agustino empieza a redactar una Vida, muerte, virtudes y milagros de la santa madre Teresa de Jesús; una obra que no se terminó y no vio la luz impresa hasta 1883, aunque sí circuló manuscrita. Muy pronto aparecerán biografías; las dos primeras, de 1590, con el mismo título, Vida de la madre Teresa de Jesús, de dos jesuitas: Pedro de Ribadeneyra y Francisco de Ribera; a las que siguieron la del jerónimo Diego de Yepes, en 1606; en 1609, en Roma, aparece en latín un Compendium vitae B. Theresiae Virginis a Jesu, de un tal Juan de Jesús María; el padre Jerónimo Gracián, amigo de la santa, publica en Bruselas, 1611, una Declamación en que se trata de la perfecta vida y virtudes heroicas de la B. Madre Theresa de Jesús y de las fundaciones de sus monasterios. Por no citar más que las biografías inmediatamente posteriores a su muerte.
Nueve meses después de su muerte, abrieron el ataúd y comprobaron que el cuerpo estaba entero y los vestidos podridos. Antes de devolver el cuerpo al cofre de enterramiento le diseccionaron una mano que envolvieron en una toquilla y la llevaron a Ávila. De esa mano cortó el padre Gracián el dedo meñique y, según su propio relato, lo mantuvo con él hasta que fue hecho prisionero por los turcos. Lo rescató a cambio de unas sortijas y 20 reales de la época. Reunido el capítulo de los descalzos, acordó que el cuerpo de Teresa debía volver a Ávila y ser custodiado en el convento de san José. Se hizo el traslado un sábado de noviembre de 1585, casi en secreto. Las monjas del convento de Alba de Tormes pidieron quedarse con un brazo como reliquia. Cuando el duque de Alba se enteró del traslado, envió sus quejas a Roma e hizo negociaciones para recuperarlo. El cuerpo volvió de nuevo a Alba de Tormes; su cuerpo fue enterrado en el convento de la Anunciación de esta ciudad salmantina. Exhumado el 25 de noviembre de 1585, quedó allí un brazo y se llevó el resto del cuerpo a Ávila; pero el cadáver, por mandato del Papa, fue devuelto al pueblo de Alba, donde fue hallado incorrupto (1586). Se elevó su sepulcro en 1598; se colocó su cuerpo en la capilla Nueva en 1616, y en 1670, todavía incorrupto, en una caja de plata. Fue beatificada en 1614 por Paulo V, e incluida entre las santas por Gregorio XV el 12 de marzo de 1622; fue nombrada, en 1627, patrona de España por Urbano VIII. En 1626, en fin, las Cortes Españolas la nombraron Capitana de los Reinos de España y copatrona de España, pero los partidarios de Santiago Apóstol lograron revocar el acuerdo. También fue nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca y posteriormente fue designada patrona de los escritores. Se le concedió el título honorífico alcaldesa de Alba de Tormes (desde el año 1963). En 1970 se convirtió (junto con Santa Catalina de Siena) en la primera mujer elevada por la Iglesia Católica a la condición de Doctora de la Iglesia, bajo el pontificado de Pablo VI.

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